Ejercicio de la Soledad V

Si esto que siento no lo hace feliz
no lo quiero
y si esto que siento no es lo que Tú quieres
para mí, tampoco lo quiero.
Y si a cambio, queda un vacío apenas
llénalo de esperanza
que la tristeza después de la renuncia
tampoco la quiero.

Una de tantas deudas

Sobretodo, la risa
que es como quitarle las cadenas
a las cuatro de la tarde de cada día
para mirar
como se miran los techos
con sus infinitas formas de cobijo
bajo la lluvia
o para mirarnos a la cara
bellamente deformados
con las definiciones de arrebol
y sus colores
tan a la medida de los ojos
cuando creen
y lloran
y se ilusionan
y sí, sobretodo cuando se ríen
esperanzados.

Descreo de marzo

Descreo de marzo y su otoño de sur rojizo
que ya se perfila ramaje desnudo
de un eco adánico
a punto de rasgarse como adiós en mi garganta.

Tampoco quiero marzo, porque ya no huele a verso
ni a hombres
ni a voz entonada a medida de la tierra y de las hembras.

Es como una mesa puesta bajo la parra,
un plato enfriándose para siempre
a la sombra de un último febrero,
de un ombú oscurecido en el lugar vacío de un poema
y que ahora se alimenta apenas de silencios
en un mes tullido de sudores y sequías.

No quiero este marzo, porque no me dice de él
y sus abrazos al otro lado del atlántico,
porque no refrescan las tardes con la contraseña
de poetas del viento capaces de desmoronarme
mujer, muralla inútil
y rehacerme arquitectura en sus palabras.

No existen marzos que pueblen ya de higos
las guerras de los nombres,
ni habrán evas acurrucadas para besar aquellas bocas
de besos claros y cepa dulce,
ni bastarán los sueños o el retraso en las vendimias,
porque ha perdido la fe a uno de los suyos,
ha perdido este mes la copa infinita
del amor pronunciado a sangre y vino,
has perdido tú y yo, y todos, una razón para marzo
y los meses que le siguen.