Recobrando la voz


El cielo del norte puede desprenderse como roca árida

y arañar el bronquio hasta la tos,

puede agrietar la piel con su noche de nada y desierto

y ahogar la voz en un rocío siempre en despedida

como niebla mezquina

en medio del pecho quebrado por la sed.


Sus nubes son violentas formas

que ya no tienen traducción

para mi respiración cansada

de intentar tocarlas en el arrebato del viento.


Aunque este cielo de Santiago tampoco es inocente

en su crueldad que se hace diminuta leve y negra

como los ataúdes de Celan donde vamos a caber todos en el aire.

Intento un verso donde el silencio se siembre

y crezca verde con el frescor de mi sur

lloviendo en la garganta para que no duela

allí en mi centro de donde vienen las palabras

que nacieron muertas.